Son muchos los recuerdos que se agolpan en este día. Me quedo con el primero; la voz de Iñaki Gabilondo al filo de las 8:05h del día 8, diciendo que había sucedido algo trágico en el mundo del deporte. Mi hermano entró en mi cuarto en ese momento, y antes de que Gabilondo hubiera dicho nada, le dije a mi hermano: "Javier, se ha muerto Petrovic". Me miró como si estuviera loco, pero así lo confirmó un segundo después Iñaki. Allí se acabó todo. O no.
Quizá fuera aquel el comienzo del mito. Siempre es difusa la raya que separa al hombre del mito, al jugador de la leyenda. La muerte, en pleno apogeo, como antes la de Martín, le dan al personaje un carisma añadido. Pero para ser mito, es porque en vida se ha sido alguien. El baloncesto en España no empieza en los 80, pero para los nacidos en los 70, los de la generación de la coca cola, el baloncesto en Europa se construyó en torno a Petrovic y la Cibona. Quizá incluso aquí me exceda, y eso sea mi sensación, y trate de imponerla al mundo entero, y seguro que me equivoque, porque el baloncesto era también la plata de Los Angeles, y los torneos de navidad del Madrid. Incluso los saltos de David Russell o Wayne Robinson. Pero en mi universo todo iba por detrás de Petrovic: la lengua fuera, el bote por debajo de las piernas, la finta, la finta, la finta, el tiro; mucho antes de que supiéramos nada de crossovers, fakes o jumpers, el resoplido al tirar los tiros libres, los triples en carrera, el puño en alto. Las victorias. Y las derrotas.
El baloncesto es un balón que entra por un aro, y el sonido del balón filtrado por una red. Un sonido especial. Petrovic simboliza como nadie en Europa lo que significa ese peculiar sonido. No defendía, y podía ser odioso, podía ser odiado. Pero amaba el baloncesto. Amaba que el balón entrara por el aro, y el sonido de la red. Cien, doscientas, quinientas veces. Jugando, siempre jugando. En todas partes, jugando. De forma obsesiva. Con el único objetivo de ser, no sé si el mejor, pero sí cada día mejor. Diría que amaba el baloncesto mucho más que cualquier otro jugador que lo ha jugado. Diría que para él era más importante que para cualquier otro jugador. Y diría que nadie fue tan egoísta con el juego como él. No en la mera concepción de lo que tiene que ser el baloncesto, en si no pido el cambio, si tiro cuando debo pasar, o en si no defiendo para meter más puntos. No. En un sentido mucho más espiritual. En la necesidad de usar al baloncesto como herramienta, como el escultor usa la piedra, para utilizarlo y manipularlo, para ser él mismo de verdad.
Es absurdo catorce años después medir a Petrovic. Ahí está su legado, y ahí está el recuerdo, cada vez más idealizado, cada vez más dulce. Y cada vez más triste. Da igual que sea el número 1, o el 2, o el 12. En el corazón del aficionado al basket, Drazen está en un lugar reservado a los inolvidables. A los que fueron tan grandes como el propio deporte en sí. Porque el baloncesto es, a partir de gente como Petrovic, o como Sabonis, o como las grandes estrellas, algo que cobra más valor.
Es tal su impacto en Europa, su magnetismo, que ahora para ir a la NBA no hay que cruzar el Atlántico. Conceptualmente, es sólo coger un avión. El matiz es enorme. Es tal su talla que es Petrovic, junto a Sabonis, el tribunal de la medida del futuro, la vara de medir a los demás. El que esté por encima, si es que lo hay -y aquí cuán poderoso es el recuerdo de la niñez- tiene garantizada la condición de superestrella. Y quién quede cerca del listón... es un gran jugador.
Y diría tantas cosas... unas son verdad, otras son leyenda. Todas dichas con la mayor admiración. Sobre todo, diría que Petrovic honró al baloncesto de la mejor manera que pudo, y contribuyó a que el deporte fuera aún más grande. Lástima que todo terminara pronto, demasiado pronto, una lluviosa tarde de junio en una autopista alemana. La tarde que el mundo perdía al jugador de baloncesto que en algún rincón, todos llevamos dentro.
FUENTE: EuroSport / Yahoo
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