Los Huxtable eran una familia de clase media-alta, de los suburbios de Chicago. Una familia de raza negra. Para algunos, aquel show que comenzó a emitirse en 1984 fue el primero que mostraba una familia negra (y protagonista) de manera no estereotipada, que los equiparaba a la clásica familia norteamericana, siempre como blanca. También hubo quien acusó a la serie de mostrar arquetipos irreales, pues las cuestiones de desigualdad racial en Estados Unidos estaban (y están, y no solo allí) muy lejos de desaparecer.

El mundo Cosby era pues un mundo lleno de valores, buen rollo y humor (perdón por el chiste fácil) blanco. Desde luego, lo que no se le podía exigir a un programa familiar (casi infantil) es que se convirtiese en un espacio de denuncia social. Sería como pedir que 'Las chicas de oro' hablase alto y claro sobre la problemática de las ancianas que, por sus escasos recursos, se ven obligadas a compartir vivienda. Los Huxtable eran negros, pero podrían haber sido blancos: quizá un concepto tan simple haya tenido una influencia mejor y más amplia que mil discursos televisivos reivindicativos, que lo único que consiguen a veces es que zapeemos, aburridos.
25 años después, hay cosas que en 'El show de Bill Cosby' siguen estando vigentes, pero otras no, lógicamente. Han pasado veinticinco años de su comienzo y casi veinte de su final y aún nos acordamos perfectamente de sus títulos de crédito, de los inenarrables (ese museo de los horrores tejido da para mil posts) jerseys del señor Cosby y del gran futuro que le augurábamos a Lisa Bonet, antes de que decidiese vivir al límite, pisotear unas cuantas (magníficas) oportunidades y vivir una vida diametralmente opuesta a la que mostraba la serie que la hizo famosa. Dos maneras distintas de luchar contra los estereotipos anteriores, una blanda y tranquila y la otra dura y excesiva.

FUENTE: ElMundo








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