Un carnicero hace picadillo el local al ser desahuciado

domingo, 29 de julio de 2012 en 7/29/2012 05:00:00 p. m.
Cuando los vecinos vieron al carnicero tirando la fachada de su establecimiento, pensaron que estaba renovando el negocio. En realidad, lo estaba reduciendo a escombros para que nadie rentabilizara su inversión. Ocurrió hace casi un mes en el barrio de Artaza, en Leioa. Poco después de recibir una orden de desahucio, Carlos sacó la maquinaria y sus enseres, cogió una maza y ya no paró.
La historia arranca meses atrás. En 2011. El contrato de alquiler que firmó hace diez años llegaba a su fin. En la letra pequeña quedaba establecido que era «renovable de mutuo acuerdo». Pero el dueño de la lonja decidió incrementar la renta en 150 euros al mes. El carnicero quiso madurar el tema con su mujer. «En estos tiempos que corren, el pago me subía ya a mil euros y es una cantidad elevada», se justifica. Cuando, según su versión, fue a comunicarle que aceptaba las nuevas condiciones, el propietario ya había cambiado de parecer. «En 2001 invertí entre quince y veinte millones de pesetas en reformar el local, no podía perder la inversión. Pero, como no firmé el contrato en el momento, él ya no quería renovar y me dijo que el 1 de diciembre debía estar fuera», recuerda.
Para esa fecha, Carlos había adquirido una importante cantidad de género para la campaña navideña. «Le pedí que me dejara un tiempo para liquidar las existencias, pero se cerró en banda. Desobedecí y no desalojé», admite. Así que el dueño le demandó. El arrendado asegura que antes había intentado negociar «hasta en tres ocasiones» para que «entrara en razón». «Sin éxito». Incluso su mujer, que en aquel momento no tenía trabajo, le llamó. Si no les renovaba el alquiler, también su marido se quedaría en el paro, con dos hijas que mantener y muchos gastos que pagar. «Le dio igual», apunta Carlos, siempre según su relato.
Llegó la orden judicial de desahucio. Antes de marcharse, contactó con el arrendatario para intentar venderle en último extremo todo lo que de valor había en el interior del local: maquinaria, mostradores, neveras... «Nada». Así que Carlos se puso manos a la obra. Y a la maza. «Trasladé todo aquello que yo pagué a un almacén. Y como algunos elementos propios del negocio no cabían por la puerta, tuve que tirar la fachada, que además también la puse yo. Creo que él quería quedarse con el local en impecables condiciones», considera.
A Romo
«En cualquier caso, el perjudicado era yo. Él siempre tenía ventaja; si aceptaba su cláusula, cobraba más. Si no, se quedaba con el establecimiento perfectamente montado», deduce. Ahora, Carlos ha abierto otra carnicería en el barrio getxotarra de Romo. El comerciante anterior se jubiló el año pasado, tras regentar el negocio durante 35 años. «Es muy duro; en Artaza ya tenía mi clientela. Aquí tengo que empezar de nuevo. Y a ello se suma la época de crisis que vivimos. Nos ha matado por capricho, de eso estoy seguro», confiesa afligido.

FUENTE: El Correo
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